25 abr. 2018

Después del trauma



“Yo lo libraré, porque él se acoge a mí; lo protegeré, porque reconoce mi nombre” (Salmo 91:14)

Se han realizado estudios con lo que ha ocurrido en New York después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los neoyorquinos eran conocidos a nivel mundial por su nivel de apatía frente al sufrimiento ajeno. Cada uno vivía su propio mundo sin involucrarse con nadie. Era proverbial que si alguien se caía en New York los transeuntes pasarían por encima para no llegar tarde al trabajo.

Sin embargo, los atentados terroristas de 2001 cambiaron la situación. Desde el mismo momento en que ocurrieron los hechos hubo un sentimiento de solidaridad. Miles de personas, de todos lados de la ciudad acudieron a ayudar. Los restaurantes instalaron mesas en las afueras de sus establecimientos para que cualquiera que lo necesitara tomara comida para continuar ayudando. La gente abrió sus casas para recibir a heridos y gente cansada. Todos ayudaron de la mejor forma posible. Ante el horror y el trauma la gente se unió.

En los años que siguieron la cultura de la ciudad cambió totalmente. La gente se habla, se invita, se presta ayuda mutua y los niveles de suicidio han bajado al nivel de lo que ocurría en 1930. La solidaridad después del trauma cambió el ambiente de la ciudad.

El perdón tiene el mismo efecto. Cuando una persona se ha equivocado y se arrepiente de lo que ha hecho, es como un sobreviviente de un atentado. Está mal herida, sangrante, adolorida y frágil. Sabe que ha cometido un error. Entiende con claridad que ha hecho algo que ha provocado un dolor a otros. En ese contexto, el perdón se convierte en el bálsamo sanador y en la restauración que necesita para seguir confiando y creer que es posible un cambio real.

Cuando se le niega el perdón a una persona que honestamente está arrepentida, entonces, la herida se mantiene abierta y genera pústulas que se convierten en heridas más graves. Es difícil volver a confiar en otros y en sí mismo. Los procesos de recuperación son lentos, y en algunos casos, no se producen, porque el individuo no es capaz de creer que puede cambiar.

El perdón es restaurador. Produce la sensación de paz después que ha pasado el sufrimiento inicial. Negarlo es cruel. Es mantener al culpable en el lodo y dejarlo que se hunda sin hacer nada para evitarlo.

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Lazos de amor

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24 abr. 2018

Los efectos de la memoria



“Presten atención, que estoy por crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No volverán a mencionarse las cosas pasadas, ni se traerán a la memoria” (Isaías 65:17)

Una de las bendiciones de la tierra nueva es que no habrá memoria. Así, tal cual se escucha y se lee. El texto de Isaías es claro y sin ambigüedad: “No volverán a mencionarse las cosas pasadas, ni se traerán a la memoria”. Olvidar es un arte. Quienes nunca olvidan se enferman y se convierten en neuróticos para quienes todo lo pasado, especialmente traumático está presente.

Uno de los problemas de no perdonar es precisamente ese, mantener viva en la memoria el dolor causado. Es revivir el sufrimiento todos los días sin descanso. Es no tener la paz de ver un nuevo día, sino tener que verse ante la disyuntiva de enfrentarse a lo que ha ocurrido una y otra vez. Un eterno presente de dolor que no acaba nunca.

El perdón es la oportunidad de volver a vivir. Es revivir en un contexto nuevo. La persona que perdona se libera de un peso. Alijera la memoria y puede mirar el futuro con esperanza y con la sensación de algo nuevo y mucho más vital.

Por esa razón perdonar siempre es la mejor opción. No necesitamos volver a vincularnos emocional y afectivamente con quien nos ha dañado, pero podemos perdonar, dejar ir, soltar el dolor, no permitir que se enquiste en nuestra vida, haciéndonos infelices.

Andrea me decía:

—Es que no puedo perdonarlo, es algo que me supera, él me fue infiel y eso no se lo voy a perdonar nunca.

—Le pidió perdón él —le dije con calma.

—¡Claro! Pero lo mandé a pasear y le dije que se fuera. No quiero verlo nunca más.

—Pero lo sigue viendo en su mente a cada rato. Nunca se ha librado de él.

Es lo que ocurre con el no perdón. El marido de Andrea, al tiempo rehizo su vida. No quería separarse de ella, pero se sintió obligado. Ahora está en paz. Superó el dolor de la separación. Andrea aún está pegada y al parecer, lo estará por mucho tiempo.

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Lazos de amor

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23 abr. 2018

Dejarlo ir



“Si ha pecado, su pecado se le perdonará” (Santiago 5:15)

Las personas que se niegan a perdonar están condenadas a estar amarradas permanentemente a sus resquemores y rencillas. Perdonar no es para cobardes, sino para personas valientes que dejaron ir todo lo que los ataba a la amargura del desaire y la desilusión.

Algunos creen que perdonar nos hace débiles, cuando es todo lo contrario, porque la persona que perdona se engrandece a sí misma y se necesita mucha fortaleza interior para dar el paso del perdón.

“La principal causa de divorcios —señala T. D. Jakes— es la falta de perdón, no el adulterio, y tampoco los problemas económicos, a los que a veces se señala como culpables” (2013: 36). Dejar de perdonar, es negarse a dejar ir aquello que nos causa daño y aferrarnos al dolor de manera permanente.

Cuando no permitimos que el perdón llegue a nuestra vida, nos convertimos en víctimas de nuestra propia actitud. Perdonar es soltar lo que nos agobia. La expresión que utiliza el original bíblico para perdonar tiene el sentido de “dejar ir” y se usaba para expresar la idea de permitir que un tronco o un palo se fuera con el raudal del agua. Es decir, permitir ir alivia de la carga de tener que ir por la vida con un peso de resquemores que finalmente nos ata y no nos libera.

El no perdonar nos convierte en esclavo de emociones que nos intoxican. A la larga, esa falta de perdón nos convierte en personas amargadas, tristes y llenas de conflictos emocionales que van intoxicando no sólo toda nuestra vida, sino complicando la relación intepersonal con otras personas.

Perdonar no implica volver a relacionarnos con la persona que nos ha dañado, pero es negarnos a permitir que el incidente que hemos tenido nos convierta en esclavos de los sentimientos y emociones que otra persona ha provocado en nosotros.

Poner un límite es parte de la inteligencia emocional que se niega a permitir que el resquemor llene la vida. La existencia es un regalo demasiado precioso para desperdiciarlo con sentimientos que nos dañen. Perdonar es nuestro privilegio y nuestra bendición.

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Lazos de amor

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22 abr. 2018

Perdón y emoción



“Que cada uno perdone de corazón a su hermano” (Mateo 18:35)

Muchas ideas populares en vez de ayudar complican la existencia. Una de ellas tiene que ver con perdón y emoción. Muchas personas, honestamente equivocadas, no perdonan porque suponen que deben tener buenos sentimientos hacia la persona que las ha herido. Como no son capaces de generar una emoción positiva, entonces, se mantienen en su resentimiento. Lo que no se dan cuenta que ese camino es un callejón sin salida. No perdonar por no generar buenos sentimientos es arriesgarse a quedar gangrenado emocionalmente el resto de la vida.

La emoción no se genera de manera automática, sin embargo, aún cuando los sentimientos que tengamos no sean los mejores, si podemos perdonar intelectualmente, para librarnos del resentimiento y la amargura que lo acompaña.

Una mujer que fue maltratada violentamente por su pareja que terminó abandonándola, no podía tener sentimientos positivos hacia su pareja y eso le impedía perdonar, hasta que un día se dio cuenta que eso era como portar un fardo de dolor adicional. Un día decidió perdonar aunque no lo sentía, y enseguida sintió un alivio. El sentimiento que la mortificaba no se fue de la noche a la mañana, pero la acción de perdonar le ayudó a comenzar un proceso de liberación. Supo que se había librado de un cáncer emocional e iniciaba un camino de recuperación.

“Perdonar no es un sentimiento; es un acto de voluntad” (Bishop y Grunte, 1999:26). Eso implica que elegimos el estado mental que queremos tener. Al perdonar elegimos no seguir esclavizados del resentimiento, en ese sentido, es un acto liberador. Cuando la voluntad decide perdonar, las emociones que se van generando son resultado de esa decisión, no es la revés. Primero elegimos, luego sentimos.

Esperar a tener buenos sentimientos es como querer que surjan plantas sin haber plantado la semilla. Primero la semilla, luego, la planta que surge y da sus frutos. Si elegimos perdonar, aún cuando nuestros sentimientos sean negativos, iniciaremos un proceso y nuestra mente le irá indicando a nuestras emociones que es hora de comenzar un viaje diferente.

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Lazos de amor

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